Miranda del Castañar

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Panorámica del pueblo. / Weezerspain

By Eva Munankarmi

 

El pueblo de Simón se encontraba en las montañas. En tierras de Salamanca, Castilla y León. Un pueblo al estilo medieval de los que ahora se consideran los pueblos más bonitos de España. La vida de Simón fue feliz en el pueblo, como solo puedo serlo un niño cuando tiene amplia libertad de correr y andar por su cuenta, por dondequiera, sin temores ni restricciones. Los habitantes del pueblo eran sabios bien conocedores del refranero español. Las lecciones se aprendían muchas veces gracias a ellos. A la cama no te irás sin saber una cosa más.

Simón era el segundo hijo en nacer, un año después de su hermano mayor. Después de ِél llegó otro hermano y, unos años después, una hermana. Su adulto favorito siempre fue su abuelo, que a menudo le invitaba a merendar pan dulce. Y como dice el refrán, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, así vivió Simón. Dejó el pueblo atrás cuando su familia se mudó a la ciudad. A pesar de ello, su infancia y crianza pueblerina siempre estuvieron con él. En la pequeña escuela primaria ubicada al lado de la plaza de la Iglesia, donde los estudiantes solo tenían un libro, aprendió tanto como los estudiantes aprendían en el instituto. Cada maestrillo tiene su librillo. Su familia era humilde, conocidos por sus buenos modales y notorios por testarudos. Con virtud y bondad se adquiere autoridad.

Cuando llegó a Barcelona todo cambió de la noche a la mañana. En el pueblo la vida era sencilla y no disfrutó de ningún lujo como baños y agua corriente. En la ciudad esto se daba por sentado. Pero no todo era de color de rosa. Cuando en el pueblo habían vivido cómodamente en una casa con varios dormitorios, y disfrutado de la naturaleza, las montañas y el rio, en la ciudad se asentaron en un pequeño apartamento con dos, donde vivían como sardinas en lata. También tuvo que acostumbrarse a los cálidos veranos de la costa y muchas otras novedades de la vida en la ciudad.

Simón añoraba su pueblo y a sus abuelos que quedaron atrás. El viaje a Barcelona fue turbulento, ya que su madre padecía de cinetosis, mareos por falta de costumbre a montar en coche. Traer a los abuelos no fue posible. Ellos estaban felices y cómodos en su pueblo y no tenían necesidad de emigrar. A causa de la cinetosis de su madre las visitas al pueblo fueron pocas. Mientras vivían en la ciudad nació su última hermana. Entonces siete personas tuvieron que compartir el pequeño apartamento de la calle Gravina. Cinco no son montón, pero siete ya lo son.

Pronto Simón comenzó a trabajar de aprendiz en varios comercios. Era joven y ambicioso y, como ya dije, testarudo como el resto de sus parientes. Fue de trabajo en trabajo con el objetivo de aumentar su sueldo. Ocasión perdida no vuelve más en la vida. Con el tiempo se formó en su profesión. Sus padres eran estrictos con sus hijos, sobre todo con los tres hermanos, ya que eran bastante más mayores que las dos hermanas. Todos trabajaban y aportaban al hogar. Es de bien nacidos ser agradecidos.

Desafortunadamente, después de pocos años en Barcelona, el padre de Simón murió durante una operación rutinaria. Fue una trágica despedida ya que nadie se lo esperaba. Simón se sintió muy culpable de no haber tenido una mejor relación con su padre y de no haber tenido la oportunidad de que su padre le viera superarse. La madre de Simón, ahora viuda, tuvo que ser fuerte y sacar a la familia adelante. No hay pena que dure cien años.

Eran los años setenta en España, el Franquismo llegaba a su fin, la juventud estaba muy revuelta. España cambiaba mucho y muy rápidamente. A río revuelto ganancia de pescadores. Simón no podía dejar de pensar en su padre y la forma tan repentina en la que había fallecido. Ahogó sus penas con rebeldía. De noche todos los gatos son pardos.

Pasó unos años turbios pero por fin asentó cabeza. El tiempo lo cura todo. Comenzó a madurar y a ganarse un porvenir. Viajó por muchos países del mundo, le encantaba conocer a gente diferente, aprender idiomas y tradiciones. Pescó al amanecer en Centroamérica, intentó hablar francés en París, tomó muchas fotografías en el desierto y la playa en Senegal. Simón tenía muchas aficiones y talentos, le encantaba la fotografía y pintar. Las estanterías de su casa estaban repletas de fotos y recuerdos de sus viajes y experiencias inolvidables: calendarios aztecas, atlas del mundo, mementos de lapislázuli, dientes de tiburón, corales marinos, máscaras africanas, etc. En fin, Simón vivió una vida que en aquellos tiempos pocos se atrevían a vivir. Nunca es tarde si la dicha es buena. Fue aventurero a más no poder.

Hoy soy yo la que se pregunta por qué Simón murió de cáncer con cincuenta y nueve años de edad. Simón que lo fue todo para mí, y que aún sin estar a mi lado ahora, sigue guiando mis pensamientos. También me queda el refranero español, haz bien y no mires a quién, el que algo quiere, algo le cuesta y no olvidemos el famoso no te metas en camisa de once varas; lecciones muy valiosas todas. Simón, mi padre, al que querré siempre.

De músico, poeta y loco, todos tenemos un poco. Quien canta sus males espanta.

Eva
Octubre de 2019

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