Roles de género

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Black belt master of martial arts.

By Alejandro Navarro

Mis hijas son campeonas de taekwondo. Las tres tienen cinturones negros avanzados y van a competir para representar a Estados Unidos en las olimpiadas. Mis dos sobrinos, que son mellizos, son bailarines de ballet en París.

Mis hijas aprendieron taekwondo con mi hermana, la madre de los bailarines.

Mis sobrinos aprendieron ballet conmigo, el padre de las taekwondistas.

Cuando éramos jóvenes, nuestros padres tenían una visión muy cerrada de los roles de género y las expectativas que tenían para nosotros eran de estereotipo.

Mis padres querían que yo fuera fuerte, grande y musculoso. Que saliera con muchas chicas, pero que finalmente conquistara a la capitana de las porristas o cheerleaders. También querían que fuera el mariscal de campo del equipo de la escuela. Me decían que comiera mucha carne y que levantara pesas en el gimnasio.

A mí no me importaban mucho sus expectativas. Pero yo quería bailar ballet y estaba seguro de que mis padres, aunque tenían el dinero, no me iban a pagar clases en el único estudio de nuestra ciudad. Además, el estudio era de una amiga de mi madre, entonces seguro mi madre se enteraba, en caso de que de algún modo yo lograra tomar clases.

A mi hermana le decían que tenía que ser femenina, que se peinara más, que se arreglara, que saliera con chicos y que no se preocupara tanto por estudiar. A mi hermana le enfurecía y le frustraba que le dijeran esas cosas. Ella era muy buena para las matemáticas, pero nuestros padres le decían que no estudiara mucho. También era fuerte y atlética y ellos le decían que no hiciera mucho ejercicio porque iba a estar musculosa y así ningún hombre la iba a mirar.

Ella enfurecía. “¡Me enerva que me encasillen y me estereotipen de esa manera, trogloditas retrógrados!” decía mi hermana con lágrimas de furia en sus mejillas.

Un día estábamos en el centro comercial. Pasamos por el gimnasio y el centro de taekwondo y vimos que iban a abrir un estudio de ballet. Nos miramos y sonreímos. Esa noche les dije a mis padres que quería aprender taekwondo. Mi hermana les dijo que quería practicar ballet. La semana siguiente hablamos con nuestros instructores y les explicamos. Tuvimos suerte y ellos se hicieron nuestros cómplices. Mi hermana pateaba y golpeaba y saltaba y yo bailaba en el estudio, pero también sufría con todos los ejercicios de preparación.

Después de tres años nuestros padres descubrieron nuestro ardid, pero para entonces era muy tarde. Mi hermana era campeona de taekwondo y yo había obtenido una beca para estudiar baile. Fuimos a diferentes universidades, conocimos a nuestras parejas, nos casamos y tuvimos familias. Casi al mismo tiempo decidimos regresar a nuestra ciudad. Los dueños de los lugares donde estudiamos querían retirarse. Estaban vendiendo el centro de taekwondo y el estudio de ballet. Teníamos un poco de dinero, pero no lo suficiente para comprar los estudios.

Nuestros padres nos invitaron a cenar una noche. Papá empezó la conversación diciendo que estaba muy orgulloso de nosotros, no solo por nuestros triunfos, sino también por nuestra dedicación y disciplina. Le dije que había aprendido eso en el ballet y mi hermana dijo que lo había aprendido en el taekwondo.

Mamá dijo que querían pedirnos disculpas:

– Cuando ustedes eran pequeños los tiempos eran diferentes. Creíamos que las expectativas, más que expectativas, eran “lo normal” y por eso queríamos que tú, Lucía, fueras femenina y delicada y que tú, Manuel, fueras fuerte y atlético.

Papá continuó:

– Una noche el tío Donaldo nos llamó para contarnos que había pasado por el centro comercial y los había visto en sus clases. Estaba furioso. No podíamos entender lo que decía. Gritaba por el teléfono. “Los chicos deben ser fuertes. Las chicas deben ser delicadas”. En ese momento entendimos que era un absurdo esperar que ustedes fueran de tal o cual manera, o que hicieran esto o aquello, o que se amoldaran a expectativas o estereotipos.

Mamá añadió:

– En silencio admitimos nuestro error y empezamos a ir a sus competencias y recitales secretos. Los dos llorábamos de emoción y pensábamos en cuál podía ser el momento adecuado para hablar con ustedes. Los vimos madurar y crecer y nos parecía increíble la belleza de sus movimientos, de los dos, fuertes, ágiles, la verdad y sin comparar, mejor que los estereotipos tradicionales de la chica guapa o el chico fuerte. Estábamos orgullosos de que hubieran ignorado nuestras expectativas y hubieran seguido sus propios caminos.

Papá y mamá tenían un capital ahorrado para comprar una casa en Florida. “Creemos que con el cambio climático no es buena idea. Queremos ayudarles a comprar los negocios”. Y así fue, mi hermana compró el centro de taekwondo y yo compré el estudio de ballet. Mamá, que había trabajado como ejecutiva en un banco, nos ayudó con la contabilidad y los planes financieros. Papá, que había sido profesor de arte en la universidad, nos ayudó a remodelar los espacios y crear nuevos logotipos y una nueva imagen para los negocios.

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